Ante (1)
Bórax
 

Ante (1)

-Según mis cálculos, tu Chevy Malibu del 67 recorre unas 17 millas por galón, Neil. Probablemente posea el récord del estado, estarás contento, ¿no? -dije entre carcajadas. Los dos nos reímos y Neil dio unas palmadas suaves al cuadro de mandos como manifestando al coche el cariño que le profesaba.

Neil encorvó su cuerpo para mirar bajo el parabrisas del coche el cielo estrellado. Dijo entonces con satisfacción:

-Tenemos una noche excelente. Y añadió: -Es un buen presagio. Pronto llegaremos a Trona y... ¡Trona será nuestra! Me miró riéndose y yo acompañé de la misma manera su humorada.

Neil alcanzó un bote de cerveza y tomó un trago largo. Cerveza y vodka no es una mezcla muy recomendable para conductores, pero nuestro viaje al Valle de la Muerte no admitía restricciones de ningún tipo. Luego se enjugó los labios con el dorso de la mano y movió el sintonizador de la radio hasta dejarlo en una estación en la que, con escasa fidelidad, cantaba Levon Helm. Neil prosiguió entonces su animada charla:

-¿Sabes qué voy a hacer si vendo bien mi guión sobre la guerra del Vietnam? Compraré un velero para recorrer el mundo todo el tiempo que dé de si la ganancia, y, ¿sabes a qué me dedicaré? Pues a escuchar rock y blues.

Me miró solicitando una solidaridad que él sabía tener de antemano.

-Si en este país la ambición de fortuna tuviera el sentido que tú le das, no habría guerras de Vietnam, muchos pueblos del mundo decidirían por sí mismos y a buen seguro no andaría medio planeta pendiente de unos energúmenos capaces de pulverizarlo.

Al decir esto pensé que yo, como europeo, me hallaba mucho más expuesto a ese peligro que Neil como americano, y añadí: -Ya me recogerás en algún puerto del Mediterráneo cuando lluevan los misiles de crucero sobre mi continente, ¿verdad?

Neil sonrió asintiendo. Quedó pensativo unos instantes y dijo: -Hay dos lugares naturales que me gustan especialmente: el mar, que algún día navegaré por los cuatro puntos cardinales, y el desierto, como el que vamos a ver pronto. Infinita cantidad de agua y ausencia absoluta de ella, por eso me gustan. Dirigiéndose a mi, dijo entonces: -Anda, te lo he puesto fácil, háblame tú de valores absolutos...

Hice una rápida revisión de lo que en aquella circunstancia podía encajar mejor en la demanda de Neil, aun sabiendo que probablemente mi amigo terminaría bromeando.

-Mar, desierto, selva... esos serán los parajes sobre los que algún día aterrizarán los extraterrestres, seguro que sabrán escoger.

Por la cara que puso Neil supe que la broma iba a adelantarse. En efecto, replicó: -Eres más pesado que McCartney en solitario. Luego, más serio, dijo: -Como es habitual te alejas demasiado del suelo y eso no tiene por qué ser lo mejor. Te empeñas en buscar valores absolutos demasiado lejos; corres el riesgo de perder algunos que con toda seguridad corren cerca de ti.

Acaso estimulado por un grito histérico de Robert Plant que salió del aparato radiofónico en aquel instante, Neil tomó en sus manos un bote de cerveza y yo le imité. Chocamos en el aire ambos botes y el ruido ridículo del aluminio nos hizo reír.

A continuación, como contraatacando, dije a Neil: -Lo siento, Neil, si algo me sugiere este país es que los mitos de este siglo han de buscarse más allá de la atmósfera. Fíjate en lo que tu pueblo considera sagrado: el cientifismo, capaz de ennoblecer la última cabeza atómica y el american dream, una criatura nacida de la revolución francesa que en cambio ahora más bien huele.

-No confundas pueblo con gobiernos, te lo ruego -interrumpió Neil. -Aunque se haga difícil de apreciar, aquí también se conserva en algún lugar la dignidad... o la capacidad de rebelión, que es lo mismo.

El rostro de Neil adoptó de nuevo los rasgos de la ironía y siguió diciendo: -Lo primero que harán tus sabios extraterrestres será destrozar todos los televisores de este país, entonces todo será mucho más fácil... Neil soltó una aparatosa carcajada. Alguna pieza escondida del Chevy vibró junto a su estruendo.

El ruido me hizo recordar que llevábamos siete horas sobre el coche. Siete horas de carretera, siete horas de conversación interrumpida por el silencio o por la música de la radio. En aquel instante comenzaba a cantar Lightnin Hopkins. Puse atención en ese blues y dije a Neil: -El blues es una hermosa manera de cantar a la tristeza y a la rabia, ¿no te parece?

Neil se había concentrado en la operación de enviar una ráfaga de luz a un coche contrario que nos cegaba con sus faros.

-Y más que esto -contestó a continuación. -Hay músicas que parecen defender una fortaleza inexpugnable, un rincón sagrado de un hombre o de una comunidad, un reducto en el que se preserva la dignidad. El blues es una de estas músicas.

Tras completar una maniobra de adelantamiento, Neil siguió diciendo:

-Conocí en Saigón a un teniente prácticamente loco. De día se zampaba varias dosis de LSD; por las noches apenas dormía, simplemente yacía sobre la cama, lo cual era ya excepcional para el perenne estado de excitación en que se encontraba. Leía cualquier cosa, más bien a desgana. Pero lo que realmente ocupaba su descanso era el blues. Se dedicaba a escuchar ingentes cantidades del blues más rancio y áspero que yo jamás haya oído. En aquellos momentos podía hablarse con él sin que gritara. Sus ideas no eran vulgares, no, no lo eran.

La mirada que dirigí a Neil habló con claridad de mi interés por conocer algo más sobre aquel hombre. Neil lo entendió y continuó:

-Era el soldado voluntario típico de aquella guerra, deseo de aventura, patriotismo reaccionario: estas debieron ser las claves de su voluntad, el caldo de cultivo del fascismo embaucador, de la gente que, como aquel teniente, no tenía nada de fascista. En cuanto pisó la jungla se dió cuenta del engaño del que había sido víctima.. Por cierto, ¿quieres saber cómo comenzó su locura?

Neil hizo una pausa, era evidente que aquel recuerdo le impresionaba. Dijo:

-Cuevas, cabañas excavadas en montículos, túneles..., esos eran los lugares más temibles. Entrar en esas cavidades era sentir el miedo abrazado a ti, era sentir unas uñas afiladas clavadas en la carne. Allí dentro podía haber un guerrillero con un cuchillo en la mano, o una serpiente que podía atacarte en una centésima de segundo fatal, o una trampa en la que caer y morir atravesado por estacas de madera. El teniente se encontró con la necesidad de limpiar de sospechas un túnel. Lanzó una granada hacia su interior. Se oyó un grito. Creyéndolo un nido de enemigos, lanzó un par de granadas más. Después descubrió en el túnel el cadáver de una mujer que tenía en sus brazos un niño de corta edad con el cuerpo destrozado.

Hubo una larga pausa en nuestra conversación. El coche cruzó después un gran cartel luminoso. Neil lo señaló y leímos: "Entra usted en Trona, puerta del Valle de la Muerte, Bienvenido". En la parte inferior del cartel pude leer: "McGee Corporation Ltd.".

-¿Qué es McGee, Neil? -pregunté.

-McGee es un vasto imperio de industrias químicas. Trona es su principal baluarte, quizá por su apartamiento del resto del mundo. Para resumir te diré que cualquier habitante de Trona es detectable a decenas de metros por su olor. Neil rió con fuerza y gritó:

-¡Vamos a hundirnos en la apestosa Trona!

Ante la expectativa de alcanzar nuestro primer objetivo callamos un rato; nuestro único deseo era abandonar el Chevy y estirar las piernas. Por fin, Neil desvió el coche hacia la derecha y lo aparcó con lentitud. Sonaba un rock cortesano de Brian Ferry cuando una bocanada de aire fétido llegó a nosotros.
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