Ante (2)
Bórax
 

Ante (2)

Ante la expectativa de alcanzar nuestro primer objetivo callamos un rato; nuestro único deseo era abandonar el Chevy y estirar las piernas. Por fin, Neil desvió el coche hacia la derecha y lo aparcó con lentitud. Sonaba un rock cortesano de Brian Ferry cuando una bocanada de aire fétido llegó a nosotros. 

Downtown Trona era un conjunto de cuatro o cinco casas mal distribuidas y de fachada sucia. Había un taller mecánico, un almacén que hacía las veces de parada de autobuses, el bar Gina donde servían café y donuts y el bar Oasis, el antro redentor del pueblo. El conjunto se hallaba junto a la carretera, para que se llenara de viajeros. A lo lejos se divisaban otras casas con las ventanas cerradas, para que el mugre gaseoso del complejo McGee no las atravesara. 

-Antes de entrar en el Oasis, entérate bien de qué es Trona -dijo Neil señalando la perspectiva más lejana del pueblo. Allá, tres altas chimeneas vomitaban al cielo una humareda que por su color parecía el resultado de una reacción horrenda. Más abajo, centenares de puntos luminosos trazaban el contorno de depósitos, secadores y humificadores, una densa parafernalia plateada que parecía resoplar. 

-McGee recogió a los que habían explorado la región en busca de minerales y que ya se batían en retirada. Los concentró aquí, construyó esta fábrica y los maldijo para siempre diciéndoles ¡basta de buscar, a trabajar! Empezó procesando bórax, aquí abundante. En cuanto a ahora, ¡vete a saber lo que corre por esas tuberías! Huele, huele -dijo Neil reforzando el imperativo con un gesto- creo que por las noches McGee fumiga anestesia ¡a todos los de Trona! 

La carcajada de Neil subrayó el buen ánimo con el que entramos en el bar. La única luz viva del local se dirigía al tapete verde de un billar. Había dos hombres jugando. Un rubio amanerado manejaba el taco con algo más que habilidad billarística. El otro, con una camiseta que marcaba los bíceps de sus brazos, llevaba en el bolsillo trasero una trenza de cuero, un pequeño látigo. Al fijarme en él dije a Neil: 

-No puedo soportar este tipo de arrogancia. 

Neil me cogió del brazo y me acompañó hasta la barra. Solicitó a la camarera -una mujer gruesa y desproporcionada- un par de Southern Comfort y me dijo: 

-Esto no es lo que tú piensas. A este bar ya no llegan las ideologías. Lo más probable es que este hombre sea un obrero de McGee. En el latiguillo esconde su último honor, pero no va a ponerlo gratuitamente en juego ante nadie. aquí todo es mucho más primario de lo que tú te crees con tus manías absolutistas. 

Al otro lado de la barra había dos mujeres de propósitos bien definidos. Un borracho tapó la cara de una de ellas al abrazarla torpemente. Los colores vulgares de la juke-box parecían corear una canción country en exceso melosa y ramplona. Neil se acercó a la máquina. Junto a ella, una mujer india estudiaba el catálogo de discos. Ambos se pusieron a hablar, pero desde mi posición no podía entenderles. Neil introdujo unas monedas en la máquina y, por fortuna, la balada country fue reemplazada en seguida por una pieza de Jim Morrison. 

Me encontré clavado sobre el taburete. Vi que la matrona elaboraba cócteles a gran velocidad, unos cócteles que, dada la productividad de aquella dama, parecían refrescar con escasa eficiencia las gargantas de aquel muestrario de gentes. Había muchos envejecidos. Un hombre de cabeza rapada, bigote y tirantes floreados balbuceó algo como ¡Live to Trona! que la concurrencia pareció celebrar. 

Hacía calor, se percibía el abrigo de aromas que protegía a Trona del frío de la noche. Revisé con lentitud el desagradable decorado del tugurio. Junto a la puerta de entrada vi a dos mujeres muy jóvenes, casi niñas, que esperaban con los labios pintados. Allí mismo un rótulo prohibía la entrada a menores y ellas obedecían. Una de ellas me miró como si yo fuera el forastero que iba a rescatarla. 

Un hombre de larga cabellera, muy bebido, se acercó a mí y preguntó: -Tú.. ¿adónde vas? 

Interrumpida mi ojeada le señalé la barra y respondí: -Pues creo que a tomar una cerveza. 

-Tú no eres de aquí, ¿verdad? -dijo con ojos vidriosos. -No me refiero a eso, hombre -añadió luego riéndose. -Es que aquí en Trona no se pregunta ¿de dónde eres? como se hace en el resto de América; aquí se pregunta adónde vas, ¡ja! ¡ja! 

Me dejó con su risotada; su comentario inspiraba una conversación más larga, pero me sentía demasiado confuso para inducirla, llevaba encima el largo viaje y una dosis respetable de bebida. 

Neil había dejado de hablar con la mujer india y me había preparado otra consumición. Será una buena manera de combatir el peso de mi cuerpo, pensé. Una vez a mi lado, Neil me dijo con la mirada puesta en el foco del billar: 

-Cintia... qué mujer... Tiene a su marido en la cárcel y ella sola alimenta a tres niños pequeños. Está aquí esperando a un camionero que la trasladará a una granja cercana en donde hay trabajo extra los domingos. Neil miró a la mujer entre el deseo y la resignación y siguió diciendo: -¿Te has fijado? En este bar de perdidos nadie, absolutamente nadie, ha osado acercarse con insolencia a Cintia. 

Neil contó otras cosas de la mujer, y mientras lo hacía reconocí al bluesman John Lee Hooker en el tocadiscos. 

La mesa del billar parecía inclinada, advertí que las bolas tenían la tendencia a desviarse hacia una de las bandas. Se lo comenté a Neil, él asintió y formuló una pregunta al respecto a la mujer que preparaba los zumos de energía. En efecto, todo el Oasis estaba construido sobre una pendiente. Pero la camarera aseguró que la mesa, eso sí, estaba perfectamente equilibrada y que podíamos jugarnos unos dólares sin temor a trucos. Aunque mi sentido de la orientación no era muy fiable, era evidente que la pendiente encaraba los movimientos inseguros de los clientes del bar hacia la gran destilería de McGee. 

Transcurrió un buen rato sin que mi atención se fijara en nada en particular. Además del traqueteo de las bolas de billar al chocar y caer por los agujeros, oí una copa estrellarse sobre el suelo, el enfado de la que parecía regentar el local y el prolongado murmullo de frases insinuantes. 

En la máquina tragaperras sonó después un rock simple y primitivo de John Fogerty que aireó el humo del ambiente. 

-Vamos a explorar el área- dijo Neil incorporándose. -Cintia me ha dicho que hay otro bar que probablemente esté abierto, el bar de la asociación de veteranos de guerra. Me dió una palmada en el hombro y sonrió añadiendo: -Vámonos, las classical american saturday nights suelen ser largas.

Bórax
Ante (y 3)
Ante (y 3)