| Vió
a lo lejos el rótulo burbujeante de "La araña maníaca"
y decidió probar de nuevo.
Introdujo
unas monedas y comenzó el juego. La araña parecía
a veces perder el juicio y construía la red sin ton ni son; contra
aquellos desvaríos había que dar los ángulos correctores.
Robin, sin mucho entusiasmo, acertó pocas veces en los cálculos.
Al poco
rato era difícil encontrar alguna armonía en los polígonos
concéntricos dibujados. Sobre la pantalla quedó al final
un enredo de trazos que parecía la tela de una araña alucinada.
Robin fue notificado de su posición entre los jugadores, la 63,
y aceptó sin importarle que nunca iba a moverse del grupo de medianía.
Algo descorazonado
por su mala actuación, Robin decidió que le convenían
los simuladores mecánicos, juegos que le hicieran pensar y calcular
poco.
Vio a lo
lejos el cartel anunciador: "Tío-vivo. No recomendable para estatocistos
inestables".
No tuvo
que esperar mucho tiempo a que un asiento quedara libre. Conectó
un electrodo sobre cada hueso temporal y uno sobre la frente; a un cuarto
lo embutió en las fosas nasales. A la pregunta que la pantalla formuló
"nivel de fuerza centrífuga", Robin contestó "4", él
no era de los que hacían del "tío-vivo" una causa de mareo.
En cuanto al paisaje tecleó "vista sobre el parque", que era en
realidad la panorámica más alejada de él. |