| Dió
la orden y se produjo el estallido. Sobre el pequeño planetario
volaron hacia todas direcciones diversos pedazos de roca que al rebotar
sobre las paredes se rompían para provocar una lluvia de
proyectiles
cada vez más peligrosa. Robin había solicitado un grado
de
fragmentación inicial bajo, sólo seis. Quizá por
eso
supo esquivar las primeras andanadas sin dificultades, supo prever los
impactos a tiempo. Sin embargo, en la tercera generación de
rebotes,
un trozo de diorita alcanzó de lleno su tórax. Eso hizo
perderle
varios puntos porque aquélla era una lesión lo bastante
grave
para paralizar los mandos durante tres segundos.
Al
terminar
la penalización, Robin vio venirse encima un canto puntiagudo y
no tuvo más remedio que protegerse en el interior de una
cámara
de acero. Con ello malgastó buena parte de la energía de
las baterías, y cuando retomó las palancas notó
que
los tiempos de respuesta eran más largos.
Robin
terminó
la partida con un solo pulmón, un brazo del que colgaba la mano,
un trozo de cadera viajando a lomos de una de las piedras y la parte
derecha
occipital completamente destrozada. Estuvo a punto de detenerse a
esperar
la puntuación obtenida, pero la imagen del desastre sobre su
cuerpo
no le dio ánimos para hacerlo.
Abandonó
el asiento con paso escéptico, sabía lo que el parque
solía
depararle y la dificultad creciente de encontrar en él alguna
sorpresa.
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