| Como
en
todos los atardeceres de su soledad, Carla se descalza, dispone los
zapatos
junto al breve muro que anuncia la arena, y emprende un lento caminar
sobre
la playa.
Por
fin,
Carla alcanza el ir y venir de un mar frío. En el contacto
encuentra
de nuevo algo personal y propio, una tensión que le depara algo
esperanzador. Durante unos minutos Carla da cuenta de esa
sensación
y permanece quieta, saboreándola.
Ante
sus
ojos se abre la ceremonia crepuscular. Carla los dirige hacia el
horizonte
y recoge con su mirar cada fragmento del panorama. El cielo, levemente
oscurecido, se confunde ahora con el mar allá donde su perfil es
ya borroso. Carla percibe entonces un sentido de inmensidad, de belleza
escondida.
Como
en
otras tardes, sobre la visión de Carla aparece el recuerdo de
Héctor.
En un momento llega incluso a dominar completamente el paisaje marino.
Carla siente una felicidad punzante y deja que su cuerpo, como
empequeñecido,
se cobije en el aquel manto de memoria.
Pero
poco
después desea, casi suplica, su rasgadura, entonces siente
frío.
Los brazos rodean su propio cuerpo poco a poco, y Carla queda
así
largo tiempo, abrazada a sí misma, hasta que el recuerdo de
Héctor
se desvanece como el sol poniente. Se siente desolada, tal como se
siente
la naturaleza en el instante del ocaso.
Sin
prisa,
Carla desanda el camino. Tras calzarse, emprende otro deambular que le
lleva hacia una casa blanca que se ve tan graciosamente cuidada como el
paraje natural que la rodea.
La
puerta
principal de la casa se abre sobre una habitación cargada de
objetos
que hablan con claridad de una relación muy personal de la
estancia
con su habitante. Después de entrar, Carla deja caer su cuerpo
sobre
un sillón.
Como
es
habitual en su retiro, la atmósfera entrañable del lugar
es su único acompañante. Sus hermosos ojos pronto
permanecen
entornados, sin mirar. Carla se cae por el abismo de los recuerdos de
Héctor;
revive sin vivir escenarios de madera, de música, de ternuras y
besos ya desintegrados.
-¡Carla!
-resuena sobre la fachada de la casa. Proviene de un hombre ya mayor
que,
desde el exterior, mira a través de una ventana. Carla se
sobresalta
pero en pocos segundos reacciona sobre su abatimiento. Entonces su
rostro
apunta una sonrisa agradecida.
-
¡Norman!
¡Qué alegría verle!
-Carla,
hemos pensado... mejor dicho, niña Carla... -hace una pausa para
advertir el gesto complacido de ella, y continua: -Niña Carla,
Juana
y yo queremos invitarla a cenar, vendrá usted?
-
Con mucho
gusto, Norman, iré- responde Carla.
|