Carla se encamina hacia la vivienda de Norman. Allí espera encontrar también a Juana, siempre atenta a su compañero, dispuesta a cualquier cosa para que se sienta jubiloso y libere su caudal de palabras. Al imaginarse el encuentro con la pareja, Carla se siente confortada. 

-Pero, ¿qué hace con esta cara, niña? -dice Juana después de saludarla. 

Carla desvela una sonrisa cordial, como procurando que la tristeza no sea un obstáculo al afecto que siente por la mujer. La toma entonces del brazo diciéndole: -Vamos, Juana, entremos en la casa, que ese viento húmedo no es bueno para usted. 

Aprovechando la proximidad Juana susurra al oído de Carla: -De acuerdo, entremos... pero no desvíe mi atención, que leo en sus ojos demasiado pesar. Antes de que Norman comience a hablar, déjeme decirle: incluso entristecida es usted la niña más hermosa que he conocido. 

Es evidente que la declaración impacta en Carla; casi detiene sus pasos, aturdida. 

-¡Estoy preparando unas migas al estilo de Teruel! -grita Norman desde la cocina al oír llegar a las mujeres. -Bueno, unas migas al estilo pacífico, porque unas migas de campaña no podría soportarlas usted, niña Carla- dice entre carcajadas. 

Durante la cena Norman no cesa de hablar sobre su pasado, sobre su experiencia como miembro de la brigada internacional Abraham Lincoln. Habla de Merriman, su primer jefe, que había abandonado una buena posición en la universidad para apuntarse como brigadista y que había muerto a su lado en una desgraciada retirada. También aparece Donnelly y sus poemas, como el dedicado al Jarama y de cómo se deshacía allí la juventud y la vida. ¡Y tántos otros! Son los amigos de Norman, presentes, allí mismo, en plena tertulia sobre sus gestas, el orgullo de haberlas vivido y la certeza de su justicia. Norman, jovial, reproduce uno a uno los planos más valiosos de esta historia, como si renaciera a un mundo sin miedo. Norman y sus camaradas de armas, Norman y aquel ejército internacional de generosidad. 

Carla nota traspasar la barrera de cualquier descripción verbal para adentrarse en su objeto como si lo viviera. Al sorprenderse así descubre que más que escuchar, recuerda. De improviso, casi con violencia, viene a su memoria una imagen. Es Héctor que la abraza con fuerza. Carla reconoce en esta escena algo nebuloso e inexplicable que corre paralelo a lo que Norman transcribe en su relato. Inmersa en ese doble acoso de la memoria, la cara de Carla parece entonces iluminarse. 

Al notarlo, Juana se acerca a Carla para decirle: -¿Por qué no viene más a menudo a visitarnos?, al menos su cara mejoraría más veces, como ahora... 

Carla ríe la perspicacia de Juana. No sabe qué contestar, se limita a mirarla. Discretamente callada, el semblante de Juana revela una conciencia de modestia ante Norman, pero también un orgullo desde su papel de acompañante, un papel que Juana sabe definitivamente eternizado, más allá de todos los penares que ambos habían soportado durante sus vidas. 

Se hace un silencio largo. Por fin, Carla esconde la mirada y se pone a hablar entre intermitencias que aprovecha para medir los recuerdos que se agolpan en su memoria: 

-Norman... Creo que conozco lo que describe... bueno, no los hechos sino la experiencia en sí misma, no sé cómo explicarle... Usted describe una lucha por la libertad; yo en cambio describiría algo aparentemente tan distinto como un abrazo entre dos personas, un amor muy intenso vivido hace tiempo. Es como escuchar una canción conocida pero con letra distinta... Como si la exaltación amorosa fuera equiparable a la exaltación revolucionaria, como si ambas experiencias tuvieran algo en común, no sé... 

Hace una pausa, nota la atención de Norman y Juana y continua: 

-Pero diría también que haber tenido la ocasión de experimentarlas alguna vez tiene algo de maldito. En mi caso, desde la muerte de Héctor vivo como encerrada, como apresada por su memoria. 

-Es cierto -apunta entonces Norman- hay experiencias extraordinarias tras las cuales, desprovistos de su poderosa luz, la vida parece oscura. Sin embargo lo que debe hacer, niña Carla, no es deshacerse de estos recuerdos sino conservarlos, conservarlos como si fueran un tesoro, porque más tarde pueden serle de gran ayuda. Yo existo, casi diría que vivo... gracias a estos recuerdos. Y sé que moriré junto a ellos, aquí, junto al mar...

 
Nostramo