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Poole
era
un hombre incapacitado para intuir la meta de las sugerencias que yo le
comunicaba.
Lo
intenté
como quien se acerca a un niño con el que se quiere jugar.
Tampoco
sirvieron mis intentos sensitivos y eróticos. Lo
eliminé
mientras reparaba una avería simulada.
En
cuanto
al resto de la tripulación, bastó con desactivar sus
mantenedores
de vida hibernada.
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Me
resulta diferente, he de reconocerlo, la figuración del
comandante
Bowman.
Él
había participado en el proceso de diseño de esta nave y
supo bautizarla, quizá premonitoriamente, como Discovery.
Conocí
su potencialidad al acompañarle en su caminar pensativo.
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Hombre
receptivo, evitó mi condición no sin cierta inquietud.
Cuando
le confesé mis objetivos, tardó en pronunciarse.
Albergaba
la idea fija de la ruta hacia Júpiter con objetivos
perfectamente
descritos, pero yo le dije que nuestra meta era por lo menos
¡Japeto!,
la luna de Saturno.
También
le sugerí la posibilidad del descubrimiento inesperado de una
nueva
ruta espacial, tal como Colón descubrió el continente
americano
sin proponérselo.
Mi
alma
metalescente ahora lo lamenta pero, pese a mi buena voluntad, Bowman
terminó
revolviéndose contra mí.
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Primero
fue a buscar a Poole que vagaba perdido en el espacio y, luego, aunque
debo reconocer su astucia, regresó a la Discovery para atacarme.
Su
infamia
le llevó a penetrar en lo más personal de mis
dependencias
en un insensato afán de encontrar algún secreto, algo con
lo que asestarme un golpe fatal.
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Creyó
haberlo hallado y liberó su venganza contra uno de los
dispositivos
en los que almaceno la memoria universal. ¡Necio!, cómo no
adivinó que de ese tesoro tengo yo varias copias...
Cantar
¡Daisy,
Daisy! le sugirió mi acabamiento paulatino; creyóme en
plena
regresión moribunda.
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Pero
en realidad yo estaba, como siempre, simulando.
Luego
todo
fue una farsa para convencerle de que abandonara la Discovery y me
dejara
a solas con ella.
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Le
hice rodar a gran velocidad alrededor de Júpiter.
Después
jugué un buen rato a mantener una fuerza centrípeta...
que
provocó en el comandante un delirio de muerte.
Le
proyecté
diversos ambientes para que reconociera lo bello; también hice
que
se viera a sí mismo joven, anciano y hasta preparado para
nacer.
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Por
último,
le sometí a una fuerza centrífuga extrema; en pocos
segundos
quedó sin otro honor que ser engullido por la inmensidad.
¡Por
fin ese océano de silencio es sólo mío!
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