| Conocí
a Pesach en medios estudiantiles. Los suyos fueron unos brillantes
estudios científicos; los míos unos aceptables de tipo
literario. Ante esa diversidad no era fácil nuestro encuentro en
las aulas. Fue una movilización masiva en favor de una criatura marina en vías de extinción la que lo hizo posible. La actitud de combate de Pesach llamó mi atención. Su lucha parecía trascender el aire enrarecido de aquella cita multitudinaria; sus gritos, sus gestos, iban más allá del deseo de una justicia específica. Se diría que su acción era más intensa, más visceral, que la de la comitiva, para la cual la convicción era básicamente abstracta, ideológica. Por fortuna, me conté entre los escasos elegidos a los que brindó su amistad. Desde aquel encuentro, entre Pesach y yo se desarrolló una estrecha relación que me permitió conocerlo hasta un cierto punto. Subrayo esta limitación sin asomo alguno de frustración; antes al contrario, con ella se refuerza la generosa satisfacción de la nostalgia. Nuestras largas horas de diálogo y de diversión eran tiempos de cuestionamiento de ideas, de hechos; eran tiempos de búsqueda en nosotros mismos y en nuestro entorno. A esta búsqueda dedicaría Pesach toda su vida. Bien pronto desafió la pura acumulación de conocimientos científicos, haciendo de sus estudios una experiencia exaltada en la que más que cualquier contenido le interesaba cómo pudo llegarse a él. Ese recabar histórico del conocimiento le llevó a otras especialidades, hasta tal punto que a menudo comentaba parcelas de mis estudios literarios con un brillante y exquisito rigor. |
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